¿En casa o en el extranjero?

Para los traductores que trabajan fundamentalmente desde un idioma extranjero, con el que están muy familiarizados, a su lengua materna, con la que todavía lo están más, decidir dónde llevar a cabo físicamente su actividad profesional es una cuestión de equilibrio complicada: ¿qué es más ventajoso, estar domiciliado en el país propio, continuamente rodeado del idioma activo (de destino), o en otro país, completamente inmerso en el idioma pasivo (de origen)? Como una forma de traer este dilema a la vida, le invito a visualizar dos escenarios opuestos. En primer lugar, imagine que vierte limonada a través de un cuello de botella muy estrecho, que se expande hacia abajo en una voluminosa botella. A continuación, imagine que vierte, con gran facilidad, limonada en un amplio embudo que lleva a un cuello de botella más estrecho que la punta del embudo.

En el primer caso, usted es un traductor que vive en su país de origen, tras haber dedicado todos sus esfuerzos a pulir y expandir su dominio del idioma nativo. Su entendimiento de la información que recibe está parcialmente limitado porque su contacto con el idioma fuente es intermitente; sin embargo, esto se compensa con sus ricos y copiosos recursos para transformar esa información en un producto preciso y elocuente en el idioma de destino. El segundo caso es exactamente lo contrario: usted vive en el extranjero, en un país donde se habla de forma oficial su idioma pasivo, y su vida diaria se centra en «vivir en su idioma fuente»; como consecuencia, puede reconocer y descifrar prácticamente todo lo que encuentra en un texto fuente, pero, a cambio, sus habilidades de expresión en su propio idioma podrían empezar a sufrir, nuevamente por falta de contacto. Por supuesto, en un mundo ideal, los traductores de B > A a tiempo completo dividirían su tiempo a partes iguales entre dos esferas lingüísticas, elegirían como residencia un país oficialmente bilingüe y, en su vida diaria, por cada hora empleada con diligencia en mejorar su idioma extranjero dedicarían otra con igual ahínco a mejorar su lengua materna. No obstante, es poco probable que esto sea completamente realista o posible para la gran mayoría de los traductores: la vida se interpone y, al final, casi siempre tenemos que optar por «aquí» o «allí».

Existe un grupo de tamaño significativo de traductores que se enorgullecen de (e incluso se definen así) ser específicamente profesionales «dentro del país», con todos los beneficios que esto conlleva. Por dar un ejemplo ficticio: Laura es una traductora de inglés a su español nativo que vive en España, continuamente expuesta a y estimulada por su propio idioma y cultura: programas de televisión, periódicos, música, películas, conversaciones formales e informales con sus correspondientes registros, etc. Esta situación le permite a Laura ser testigo de primera mano, a diario y de forma consciente o inconsciente, de la evolución orgánica del español europeo con el tiempo: expresiones nuevas que salen de ninguna parte y se establecen, términos cuyas connotaciones, matices o incluso significado completo cambian gradualmente, palabras que caen en desuso y comienzan a considerarse caducas y pasadas de moda… Al no verse afectada por influencias extranjeras externas, y estando en primera línea de los últimos avances en la realidad lingüística española, Laura podría (quizás) presumir de la «pureza» de sus traducciones.

En cambio, para dar un segundo ejemplo ficticio, Miguel también es traductor de inglés a su español nativo, pero lleva unos años viviendo en Londres. Es probable que esté congelado en una especie de cápsula del tiempo lingüística, ya que su contacto activo con su lengua materna se limita a una o dos llamadas a casa cada semana, un vistazo diario a El País en internet y viajes cortos a España de vez en cuando. En otras palabras, mientras que el idioma español se desarrolla y transforma continuamente, Miguel no está físicamente presente para seguir este proceso. Si usted ha vivido en el extranjero, y especialmente si ha «vivido» en otro idioma durante un período prolongado, sabrá que visitar su país de origen después de largas ausencias puede a veces hacer que uno se sienta como un extraño, lingüística y culturalmente. Como hablante nativa de inglés, nunca olvidaré mi regreso al hogar desde España de unas Navidades, cuando se me pidió que sacase un selfie y me pregunté por qué de repente me ofrecían marisco (shellfish) porque sí… Al estar tan aislada en mi burbuja española, este nuevo rasgo lingüístico del inglés se me había pasado.

No hace falta decir, sin embargo, que todo lo anterior también se puede aplicar en sentido inverso. Por una parte, puede que Laura tenga un conocimiento pasivo del inglés excelente, adquirido en la universidad y/o una temporada viviendo en un país de habla inglesa; por otra parte, aun así, cuanto más tiempo vive en su España de origen, inmersa en su lengua materna y nada expuesta a la cultura e influencias anglófonas, más veces se deslizarán en los textos fuente elementos lingüísticos poco familiares, o términos que han cambiado su significado en inglés sin que ella sea consciente; esto podría cogerla desprevenida. Porque está claro que nuestros idiomas pasivos (de hecho, todos los idiomas) también están en continua evolución. En relación con esto, y desde el punto de vista puramente de la comprensión del texto fuente, Miguel estaría en una posición más ventajosa que la de Laura, por vivir en Londres y sumergirse en el inglés los siete días de la semana.

Aun así, y precisamente por esta razón, el riesgo de que Miguel caiga en las trampas más comunes para los traductores es mucho más alto; le guste o no, su exposición constante al inglés sin duda afectará a sus traducciones al español, poniendo en tela de juicio la «pureza» de su producto exactamente del mismo modo que se podría aplaudir la del producto de Laura. Es inevitable que los años viviendo en el extranjero y hablando sobre todo un idioma extranjero impregnen la producción escrita y hablada del idioma nativo, desde detalles sutiles apenas detectables a fallos totalmente incongruentes, por ejemplo: sintaxis que no suena natural, registro inadecuado, formas verbales poco usuales o un sustantivo que se usa en lugar de un verbo. Uno de los peores «pecados» de la traducción son los calcos. En el caso de Miguel, esto podría estar relacionado con la estructura de una frase (make a decision traducido literalmente al español como hacer una decisión, donde se requeriría tomar una decisión, que suena más natural y nativo) o con la terminología (una traducción de clara influencia anglófona para apply for a job sería aplicar para un trabajo, en vez del estándar solicitar un trabajo). Es increíble lo rápido que entra el cerebro humano en «modo extranjero», salpicando de influencias externas un idioma que lo ha acompañado a uno desde el nacimiento. Aunque este fenómeno, por sí mismo, no es necesariamente un problema (de hecho, muchos sostendrían que se trata de una experiencia lingüística y cultural enriquecedora) los traductores deben tener cuidado para mantenerlo bajo un control razonable.

En conclusión, parece que esta cuestión no tiene una solución perfecta; es un caso clásico de toma y daca, en el que cuando se gana en un sentido se pierde en el otro. Claramente, aquí la clave es el equilibrio: los traductores que vivan en el país de destino deberían asegurarse de mantener el contacto con su idioma fuente lo mejor que puedan, a través de libros, música, periódicos y televisión si los viajes frecuentes al extranjero no son una opción viable; de igual modo, los traductores que vivan en el extranjero deberían realizar al menos el mismo esfuerzo con su lengua materna. Digo «al menos» porque es un hecho aceptado que el dominio que tengan los traductores de su lengua materna es en realidad más importante que el que tengan de un idioma extranjero, por dos razones principales. En primer lugar, es más fácil recibir y descifrar un idioma de forma pasiva que producir uno activamente (aunque sea el propio). En segundo lugar, las lenguas maternas de los traductores son su principal vehículo lingüístico, sobre el que se les juzga profesionalmente y por el que se les paga. En mi opinión, se trata de un asunto crucial que los traductores deberíamos tener en cuenta en todo momento, sin importar a qué lugar llamemos hogar.

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