Errores de Traducción “Bíblicos”

Todos cometemos errores, pero algunos cometen errores con más estilo que otros. La traducción no es cosa que haya que tomarse a broma. Un error de interpretación del original puede ponernos en evidencia, en el mejor de los casos, y acabar con miles de vidas, en el peor. En definitiva, te puede estropear el día… ¡y quién sabe si hasta el siglo! Seguro que los traductores e intérpretes de los que hablamos en esta nueva entrada no pensaban que sus errores de traducción iban a tener tanta repercusión.

Errores de traducción bíblicos

Cuando el boss, San Jerónimo, patrón de los traductores, tradujo la Biblia del hebreo al latín, probablemente no existía Trados (nótese que soy millennial). El Papa no paraba de apremiarle con plazos de entrega imposibles, y además le entraron 60.000 palabras nuevas a última hora para el lunes. Así que san Jerónimo se estresó a lot y entregó todo sin revisar. Resultado: el Moisés de Miguel Ángel tiene cuernos.

Quizá me haya tomado un par de licencias poéticas, pero lo cierto es que la Vulgata de San Jerónimo al parecer, está plagada de errores de interpretación: concretamente, alrededor de 1400, según George Lamsa (aunque seguro que Lamsa no contó los dobles espacios, si no serían muchos más). Hay que apuntar que San Jerónimo afrontó él solito, sin Linguee ni nada, a pelo, la traducción de la Santa Biblia, en el siglo IV d.C., cuando ni siquiera existía el café. Pocos errores cometió el pobre hombre, a mi humilde parecer… El caso es que entre ellos, Jerónimo interpretó que Moisés, al bajar del monte Sinaí, en lugar de venir entre rayos de luz, o radiante (karan, en hebreo), venía con dos cuernos (keren). San Jerónimo pensó para sus adentros: «en todas las casas se cuecen habas», y tiró para delante. No le pareció nada del otro mundo que la mujer de Moisés (NdT: que se llama Séfora y sale en todos los crucigramas) hubiera tenido un escarceo aprovechando el viaje de negocios de su marido. Un error que quedó gravado en piedra para la posteridad.

Errores diplomáticos

Los cuernos de Moisés nos hacen gracia a todos, porque las desgracias ajenas siempre nos alivian las nuestras. Sin embargo, cuando se trata de errores de traducción diplomáticos, las consecuencias pueden ser fatales.

Año 1945, los aliados le mandan un ultimátum a Japón exigiendo su rendición. El primer ministro japonés, Kantaro Suzuki, responde en rueda de prensa: «Sin comentarios». Pero Suzuki escogió para dar su comunicado un término, mokosatzu, que tiene dos interpretaciones posibles. Y los aliados, como las cosas estaban calentitas, optaron por la segunda interpretación: «ignoramos y despreciamos el tema». Y este pequeño malentendido desembocó en la bomba atómica de Hiroshima.

Suzuki consiguió así aniquilar indirectamente a 140.000 japoneses, dejando quedar a Jimmy Carter como un aficionado, que en 1977 solo consiguió calentar a un par de polacos y polacas. Y lo hizo con un discurso de lo más manido, de esos que aburren, lleno de frases hechas, y vacío de todo contenido. Sin embargo, su intérprete subió tanto de tono el discurso, que la vergüenza ajena invadió Polonia (pero esta vez Reino Unido y Francia no hicieron nada). El intérprete de Carter, que obviamente había aprendido polaco viendo películas porno del este, interpretó frases tan inocentes como «estoy feliz de estar en Polonia» por «estoy feliz de ver las partes privadas de Polonia», o «quiero conocer los deseos de futuro de los polacos» por «os deseo, polacos». Seguro que Jimmy Carter volvió a Washington contándoles a todos sus amigos que en Polonia se liga aunque no quieras.

Errores que salieron bien

Sin embargo, no todos son errores garrafales que han traído malas consecuencias. Mi película favorita de todos los tiempos, Mars Attacks, quizá no habría existido de no ser por Giovanni Virginio Schiaparelli, que a finales del s. XIX empezó a observar la superficie de Marte. En sus investigaciones hablaba de «mares» y «continentes», que se correspondían con las zonas más oscuras y más claras del planeta, respectivamente. Y también hablaba de canali, formaciones naturales en forma de cañón. Al otro lado del charco, Percival Lowell interpretaba la palabra canali como canales artificiales construidos por marcianos, haciendo alarde de su gran imaginación. El resto es historia.

 

 

Acerca de Antonio Leal Fernández

Graduate degree in Translation and Interpretation from Universidade de Vigo (2013). Translator and proofreader in the German and English to Spanish combinations.

También le puede gustar